lunes, 28 de septiembre de 2009

Atardecer

Lo vi cmainar
sus ojos que
parecían mar...

su brillo era extraño,
sus ojos eran de un lugubre fulgor,
un tetrico mirar,
parecía un atardecer....
no lo he vuelto a ver...

su mirar amarillo,
ese extraño brillo,
me mebriagò me seduciò,
se me acercó,

estàtica quedé,
su lugubre fulgor
me desperò amor,
lo perdì,
hoy añoro sus ojos
de tetrico atardecer...

sábado, 19 de septiembre de 2009

La Generación del 98

La Generación del 98 es el nombre con el que se ha agrupado tradicionalmente a un grupo de escritores, ensayistas y poetas españoles que se vieron profundamente afectados por la crisis moral, política y social acarreada en España por la derrota militar en la Guerra Hispano-Estadounidense y la consiguiente pérdida de Puerto Rico, Cuba y las Filipinas en 1898. Todos los autores y grandes poetas englobados en esta generación nacen entre 1864 y 1876.
Estos autores a partir del denominado Grupo de los Tres (Baroja, Azorín y Maeztu), comenzaron a escribir en una vena juvenil hipercrítica e izquierdista que más tarde se orientará a una concepción tradicional de lo viejo y de lo nuevo. Pronto, sin embargo, siguió la polémica: Pío Baroja y Ramiro de Maeztu negaron la existencia de tal generación, y más tarde Pedro Salinas la afirmó tras minucioso análisis, en sus cursos universitarios y en un breve artículo aparecido en Revista de Occidente (diciembre de 1935), siguiendo el concepto de “generación literaria” definido por el crítico literario alemán Julius Petersen; este artículo apareció luego en su Literatura española. Siglo XX, 1949.
Centros de reunión
Benavente y Valle- Inclán presidían tertulias en el Café de Madrid; la frecuentaban Ruben Darío, Maeztu y Ricardo Baroja. Poco después Benavente y sus seguidores se fueron a la Cervecería Inglesa, mientras que Valle-Inclán, los hermanos Machado, Azorín y Pío Baroja tomaban el Café de Fornos. El ingenio de Valle- Inclán le llevó luego a presidir la del Café Lyon d´Or y la del nuevo Café de Levante, sin duda alguna la que congregó a mayor número de participantes.









La oración del ateo
Oye mi ruego Tú, Dios que no existes, y en tu nada recoge estas mis quejas,
Tú que a los pobres hombres nunca dejas sin consuelo de engaño. No resistes
a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes. Cuando Tú de mi mente más te alejas,
más recuerdo las plácidas consejas con que mi ama endulzóme noches tristes.
¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande que no eres sino Idea; es muy
angosta la realidad por mucho que se expande para abarcarte. Sufro yo a tu
costa, Dios no existente, pues si Tú existieras existiría yo también de veras.

Miguel de Unamuno

Aquí, Miguel de Unamuno hace una crítica referente a la realidad que por aquel entonces se vivía en España. España estaba hundida en una crisis económica a raíz de la pérdida de todas sus colonias americanas, pero todavía quería dar la apariencia de ser un imperio con un poderío económico grande. Miguel de Unamuno deja claro que esa realidad no existe al compararla con dios, y da a entender que el gobierno Español no quiso escuchar al pueblo y las clases trabajadoras, asi que la generación del 98 se encargo de hacerles ver las cosas tal y como eran a la clase pobre.









ROSA DEL CAMINANTE
Álamos fríos en un claro cielo azul,
con timideces de cristal
sobre el río la bruma como un velo,
y las dos torres de la catedral.

Los hombres secos y reconcentrados
las mujeres desechas de parir,
rostros obscuros llenos de cuidados,
todas las bocas clásico del decir.

La fuente se seca, en torno al vocerío,
los odres a la puerta del mesón,
y las recuas que bajan hacia el río…

Y las niñas que acuden al sermón.
¡Mejillas sonrosadas por el frío,
de Astorga, de Zamora, de León!

Valle-Inclán

En este poema, Valle- Inclán hace patente la miseria en la que se encuentra el pueblo Español. Las colonias de Hispanoamérica constituían una de las principales fuentes de ingresos de la corona española. Lamentablemente, junto con la crisis de la corona también decayó el gobierno. Sólo el trabajo de los campesinos sostenía a España. Valle-Inclán y otros tratan de abrirle los ojos al pueblo para que se libere de la opresión del gobierno decadente de España.
Olaberri el macabro[Cuento. Texto completo]
Pío Baroja
Olaberri era un pesimista jovial. No encontraba en el mundo más que vanidad y aflicción de espíritu. No tenía fe más que en la cal hidráulica y en el cemento armado. Para él, detrás de toda satisfacción venía algo negro y doloroso, que eran principalmente las facturas.
-¿Ve usted esa chica que se ha casado con el carabinero? -me preguntó hace tiempo con aire de profunda conmiseración.
-Sí.
-¡Qué infelices! Ahora mucha alegría, ¿eh?, y de viaje, pero luego ya vendrán las facturas.
A Olaberri le preocupaban las facturas. Para Olaberri, que era contratista en pequeño, las facturas eran como la sombra de Banquo, que aparece en el banquete de la vida.
Si Olaberri hubiera tenido el sentido estadístico de nuestro amigo Berecoche, ya difunto, diría que en la vida hay un 75 por ciento de facturas.
-Ya le he dicho al párroco -me contó una vez-: usted, con un cubo de agua y un hisopo, ya tiene para todo el año, y a vivir bien; nosotros, en cambio, pobres contratistas, siempre a vueltas con las facturas.
Olaberri tenía gustos macabros. Había construido en el cementerio varios sepulcros y trasladado cadáveres y huesos y algunos cuerpos recién muertos.
Al hacer la descripción de estos traslados sentía, sin duda, un ardor explicativo de artista medieval y macabro. Los huesos, las calaveras revueltas con tierra, los trozos de hábito o de ropa, la madera podrida de los ataúdes, todo daba pábulo a su charla pintoresca.
Al relatar el traslado de algún cuerpo recién enterrado, se lucía; entonces los detalles realistas eran tan terribles que a cualquier persona sencilla se le ponían los pelos de punta.
Salían a relucir los busanos blancos y las gurgujas verdes, y al último la gente no sabía si temblar de asco o echarse a reír.
Él no tenía repugnancia por nada.
-Los mejores caracoles que hay comido -solía decir-, los hay cogido en la tumba del difunto párroco. Nunca los hay comido mejores.
FIN


En este cuento, Pío Baroja se refiere al gobierno de España y a sus gobernantes los reyes, como personas macabras, pues su mal gobierno no ha hecho más que hundir en la miseria al pueblo español, dividirlo aun más en clases. Por lo que él dice que la alegría del pueblo Español sólo llegará cuando logren derrocar a los malos gobernantes.














¡Pobre Rosa!
De nada te han servido tus defensas,
ni tus estambres, reclamando vida,
ni las fragancias que en el alma escondes:
el jardinero te troquela en ramo…

…para morir estática,
sabiendo la tortura en que agonizas.
No será el viento quien te arranque el pétalo
hasta quedar desnuda,

ni la abeja jilbando de tu jugo
podrá polinizarte…
Los ojos que te miran
de sobra sabes que ya no te ven,

final aborrecible siendo aún bella.
En soledad mortal de cementerio
hoy te han dejado,
solo para dornar una mortaja.

Azorín
En este poema Azorín compara a la Rosa con España, pues al igual quela rosa, España decayó, se marchitó, se derrumbó y su pueblo la dejo sola.

Autor
Gema Gertrudis González González

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Racionalismo
El racionalismo (del latín ratio, razón) es una corriente filosófica que apareció en Francia en el siglo XVII, formulada por René Descartes, que se opone al empirismo y que es el sistema de pensamiento que acentúa el papel de la razón en la adquisición del conocimiento, en contraste con el empirismo, que resalta el papel de la experiencia sobre todo el sentido de la percepción.
El racionalismo epistemológico ha sido aplicado a otros campos de la investigación filosófica. El racionalismo en ética es la afirmación de que ciertas ideas morales primarias son innatas en la especie humana y que tales principios morales son evidentes en sí a la facultad racional.
Contexto histórico
Racionalismo es una corriente filosófica europea que posteriormente fue subdividida por los historiadores en dos bloques antagónicos: racionalismo y empirismo. Comprende todo el siglo XVII y es un largo e intenso epígono metafísico a los grandes progresos de la ciencia del Renacimiento.
Sus características principales son:
· Confianza en el poder de la razón.
· Postulación de las ideas innatas.
· Utilización del método lógico-matemático para explicar los razonamientos y del empírico para confirmarlos cuando ello es posible.


El corazón delator[Cuento. Texto completo]
Edgar Allan Poe
¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí! ¡Donde está latiendo su horrible corazón!
FIN

Fuente:
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/poe/corazon.htm
En este breve cuento, el maestro del suspenso y el terror Edgar Allan Poe hace notar de manera muy sutil el racionalismo. Esta corriente plantea que a toda acción corresponde una reacción.

Este cuento narra la obsesión de un psicópata con el ojo enfermo de un anciano, con el que mantiene una relación paternal al parecer. El se siente muy astuto y muy seguro de si mismo. Pero no es tan seguro como el cree, pues el solo sentir que el ojo lo vigila noche y día basta para que se trastorne y se decida a matar al anciano a fin de recobrar la seguridad en si mismo.
Al principio, el parece sentirse un asesino muy seguro y muy astuto, casi de sangre fría. Según el, ha cometido un crimen perfecto, ni una sola gota de sangre, un perfeccionismo que hace helar la sangre de cualquiera. Mas, como a toda acción corresponde una reacción, su crimen le va generando un complejo de culpabilidad que lo hace volverse loco a cada momento, este complejo puede estar estimulado por la relación tan fraterna que llevaba con el anciano, aquel del que siempre cuido y al que quiso como un padre, todo ello alimentado por su complejo de inseguridad y una posible esquizofrenia.

Vitalismo
El vitalismo es la posición filosófica caracterizada por postular la existencia de una fuerza o impulso vital sin la que la vida no podría ser explicada. Se trataría de una fuerza específica, distinta a la de la energía estudiada por la física y otras ciencias naturales que, actuando sobre la materia organizada daría por resultado la vida.
Los vitalistas establecen una frontera clara e infranqueable entre el mundo vivo y el inerte. La muerte, a diferencia de la interpretación mecanicista característica de la ciencia moderna, no sería efecto del deterioro de la organización del sistema, sino resultado de la pérdida del impulso vital o de su separación del cuerpo material.
Uno de los principales exponentes del vitalismo fue el poeta francés André Bretón que tuvo gran influencia de las teorías freudianas y del dadaísmo

A la mirada de las divinidades«Un poco antes de medianoche cerca del desembarcadero.«Si una mujer desmelenada te sigue no te preocupes.«Es el azul. No tienes que temer nada del azul.«Habrá un gran jarro claro en un árbol.«El campanario del pueblo de los colores disipados«Te servirá de punto de referencia. Tómate el tiempo,«Recuérdalo. El oscuro Geiger que lanza al cielo los brotes de helecho«Te saluda.» La carta sellada de los tres ángulos de un pezPasaba ahora entre la luz de los suburbiosComo una enseña de domador. Y al permanecerLa bella, la víctima, la que se llamabaEn el barrio la pequeña pirámide de resedaSe descosía para ella sola una nube semejanteA un saquito de piedad. Más tarde la blanca armaduraQue vacaba de los cuidados domésticos y demásTomando a sus anchas más fuerte que nuncaAl niño en la concha, el que debía ser...Pero silencio. Un brasero daba ya presaEn su seno a una encantadora novela de capaY espada. En el puente, a la misma hora,Así se entretenía el rocío con cabeza de gata.Con la noche, se perderían las ilusiones.He aquí a los blancos Padres que regresan de las vísperasCon la inmensa llave por encima de ellos suspendida.He aquí a los grises heraldos, por fin he aquí su cartaO su labio: mi corazón es un cuchillo para Dios.Pero del tiempo que habla, no queda más que un muroGolpeando en una tumba como un velo podrido.La eternidad busca un reloj de pulseraUn poco antes de medianoche cerca del desembarcadero.
El vitalismo en este poema se nota de principio a fin, el poeta denota la idea de vivir el amor sin prejuicios, de vivir cada día como si fuera el último.
Los vitalistas creen en la necesidad de seguir sus impulsos para poder vivir

Nihilismo
El nihilismo del latín nihil (nada) e ismos (doctrina, movimiento, practica de) es la actitud filosófica, puesto que es una tendencia filosófica estrictamente definida, de negación de todo principio, autoridad, dogma filosófico o religioso. El nihilismo es una posición filosófica que argumenta que el mundo, y en especial, la existencia humana, no posee de manera objetiva ningún significado, propósito, verdad comprensible o valor esencial superior, por lo que no nos debemos a estos.

El nihilismo hace una negación a todo lo que predique una finalidad superior, objetiva o determinista de las cosas puesto que no tienen una explicación verificable; por tanto e contrario a la explicación dialéctica de la Historia o historicismo.
Uno de sus principales exponentes fue el poeta francés Charles Baudelaire, quien vivió una vida bohemia, es decir llena de excesos y libertina, oponiéndose a cualquier autoridad, sobre todo a la de su padrastro.
El albatrosPor distraerse, a veces, suelen los marinerosDar caza a los albatros, grandes aves del mar,Que siguen, indolentes compañeros de viaje,Al navío surcando los amargos abismos.Apenas los arrojan sobre las tablas húmedas,Estos reyes celestes, torpes y avergonzados,Dejan penosamente arrastrando las alas,Sus grandes alas blancas semejantes a remos.Este alado viajero, ¡qué inútil y qué débil!Él, otrora tan bello, ¡qué feo y qué grotesco!¡Éste quema su pico, sádico, con la pipa,Aquél, mima cojeando al planeador inválido!El Poeta es igual a este señor del nublo,Que habita la tormenta y ríe del ballestero.Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío,Sus alas de gigante le impiden caminar.

En este poema el nihilismo queda delimitado al comparar la situación del poeta con el albatros. Pues el albatros sigue al barco, aun sabiendo que esto le puede cuasar la muerte, entusiasmado en no obedecer las leyes naturales, asimismo el poeta sigue sus convicciones sabiendo las consecuencias que ello le puede traer.

autor
Gema Gertrudis Gonzalez Gonzalez